domingo, 12 de marzo de 2017

Hay un gato en el sillón

Hay un gato pequeño durmiendo sobre la almohada del sillón, desconocido para mí, habrá entrado por la ventana, no sé. Ahí está, lo más tranquilo el tipo, duerme cómodo, como si siempre lo hubiese hecho allí. Estoy parado frente a él, no se ha percatado de mi presencia, mejor dicho, seguro que sabe que estoy aquí pero ya intuyó que soy completamente inofensivo para él. Su pecho sube y baja al ritmo de la respiración. Parece ser uno de esos de la calle, está un poco sucio y tiene el pelo desprolijo, es como una estrella de rock borracha pos recital  acostado en mi sillón. Aun así, conserva ese encanto particular que tienen los gatos. No es que sea fan de ellos, pero debo admitir que en cierto sentido son cautivadores. No soy de esas personas a las que les gusta tener animales en su casa, trabajo todo el día y no puedo prestarles atención, aunque los gatos son muy independientes y tranquilamente pueden arreglárselas solos.
Duerme plácidamente, sucio,  desprolijo y tranquilo. En mi sillón. Parado ante esta placida imagen me convenzo  de que ha sido parte de esta casa desde siempre. Es que esa comoda almohada parece haber sido hecha a su medida y estoy seguro que si despertara haría suyo el resto de los ambientes y yo terminaría pidiendo permiso para hacer uso de mis cosas, estoy muy seguro de eso.
Despierta mansamente, me mira con despreocupación,parece preguntarme que hago acá parado mirándolo, se relame lentamente. Debe tener hambre. Seguro que en la cocina tengo algo de comida para él y para mí, también yo comería algo.

Ahí vamos, los dos a la par, uno a al lado del otro a ver que podemos comer.
Está bien sentirse acompañado.

sábado, 11 de febrero de 2017

El emperador del conocimiento

En la búsqueda del saber absoluto muchos habían sido los caminos recorridos por el sapiente Brain. Todos ellos lograron llevarlo, a costa de malas y buenas experiencias, siempre  enriquecedoras, a acumular un conocimiento digno de admiración y respeto. Sin embargo, reiteradas veces, por donde pasaba, escuchó hablar del sabio máximo validador de todos los conocimientos del mundo. El mismo, decían, vivía en la cima de una inmensa montaña en un sitio muy remoto. Generalmente estos personajes son así, excéntricos, alejados de todo e inclinados a escoger como morada lugares  tan peculiares. Contaban que este ser era el único con la capacidad suficiente, heredada generación tras generación a través de milenios, como para otorgar validez a los conocimientos de aquellos que se atrevían a llamarse sabios.  Su juicio era ley y su decisión  podía catapultar al reconocimiento absoluto o al más mísero de los anonimatos. Contaban de él que en un solo ser habitaban todos los seres del mundo.
Brain consiguió mucho tiempo después, y luego de un arduo viaje, llegar hasta el pie de la gran montaña. Con gran esfuerzo comenzó a ascender. Necesitaba la aprobación del gran sabio. Era eso o la nada absoluta, volver al llano con la sensación de que, de  un solo zarpazo, le hubiesen borrado el disco rígido en donde acumulaba todos sus saberes. El conocimiento sin aprobación no es nada, se vuelve polvo en el viento. Hasta un superviviente en medio del desierto expone sus ideas salvadoras  ante la naturaleza que trata de doblegarlo. Las personas de distintos sitios se referían a este inconmensurable sabio como el punto más alto en la montaña del saber.
A medida que ascendía, la mente de Brain se iba llenando de dudas, ¿serían sus saberes suficientes como para pasar la prueba?, ¿qué preguntas se le formularían?, ¿sería lógica, filosofía? Pequeñas gotas de sudor corrían por su frente. Las presuposiciones se sucedían una tras otra, creía que iba a enloquecer. Cada día de los cinco que tardó en subir, se hacía más intenso y difícil. Muchas veces estuvo muy cerca de renunciar, pero la idea de  llegar a ser evaluado por tan ilustre ser podía más que cualquier contrariedad. Quizás el sabio tenía barba blanca y larga y, mientras hablaba pausadamente, con una mano acariciaría su barba y lo miraría fijamente con gesto adusto. Quizás…
Cada vez el camino se iba haciendo más estrecho, la montaña se afinaba, Brain intuía el final de su recorrido. Indudablemente la cima estaba cerca. Cinco días  subiendo y toda una vida dedicada al estudio y al fin iba a tener una revelación. Llegó hasta arriba de la enorme mole y se encontró con una roca que sobrepasaba en unos cinco metros la cumbre, no tardó mucho en darle una vuelta completa. Estaba en la cima y no había nada ni nadie. Se sintió desanimado, a duras penas pudo inclinarse y se sentó sobre un pequeño montículo frente a la roca. Su fuerza se había desvanecido, tenía el  aspecto de una persona agotada física y mentalmente. Miró la roca. El sol formaba un tenue contraste jugando con la forma de la roca y el horizonte. Creyó ver un movimiento. Entonces observó con más detenimiento. Quedó absorto, sin palabras. Una sensación de asombro lo invadió completamente y se sintió diminuto, nadie. Encima de la roca se recortaba la figura esbelta de un hermoso gato Mau Egipcio. Era impactante e intimidaba. Intentó hablar, decir para qué había llegado hasta allí, pero no pudo, algo se lo impidió, esa figura dominaba cualquier movimiento a futuro. El espectacular gato miraba con espléndida magnificencia, como un verdadero monarca, a lo lejos, sin hacer contacto visual. Cualquiera que contemplase esta escena podría haber identificado entre esos dos seres, sin dudarlo, al amo y señor de todo. El gran Mau Egipcio se quedó unos minutos allí, disfrutando de sus dominios. Luego, con un gesto imperial cargado de despectiva excelsitud, dio media vuelta y se fue.

lunes, 31 de octubre de 2016

Se quitó la remera a oscuras en su cuarto y alcanzó a ver los pequeños relámpagos que se desprendían de la misma. Al otro día se levantó con el propósito de averiguar que era aquello. No tardó mucho en llegar a todo un compendio sobre electricidad estática que cautivo su atención por el resto de su vida. Sin pérdida de tiempo contactó con uno, dos, veinte y así miles de personas que les pasaba lo mismo. Con el correr del tiempo llegaron a la conclusión, reunidos en un plenario, de que podían paliar gran parte del déficit de energía mundial, fundaron una asociación a la  que acertadamente llamaron SPEE Sociedad Productores Electricidad Estática. Según sus cálculos se necesitan cien mil personas para producir durante dos horas la electricidad suficiente como para cargar diez celulares. Es así que día a día se reúnen diferentes grupos de personas en el predio abandonado del ferrocarril y durante dos horas se sacan y ponen sus remeras y se frotan entre ellos, de cada remera salen unos delgados filamentos conectados a una gran batería. Dicen que además de ser algo ecológico, el tema de juntarse, hacen mucho ejercicio. Los diez afortunados que cargan sus celulares ese día son sorteados ante escribano público. 

viernes, 21 de octubre de 2016

Cada tanto me sale desarmar por completo este microcosmos  en el que estoy inmerso. Constituye mi mundo en una relación fractal imperfecta con el que esta alrededor, más allá de lo comprensible, imperfecta porque acá nada es simetrico, aun asi se parecen con el otro que todo lo abarca. Decía, de vez en cuando este micromundo-mundo compartido y mio es puesto de cabeza por mi persona. Pongo las piezas a la vista y lo vuelvo a armar con la urgencia de un loco ansioso desesperado por culminar su trabajo, y así queda. Unas veces sobran piezas, otras veces faltan, algunas de ellas quiza sin tanto valor; en algunas oportunidades ni siquiera coinciden entre ellas, tambíen sucede que se agregan partes que nunca antes había visto. Así y todo, de esta manera armado, arranca, siempre está en movimiento, adquiere velocidad suficiente y no para. Funciona de esta manera hasta la proxima  vez en que se me ocurra patear el tablero o desarmarlo.


martes, 27 de septiembre de 2016

La canción

Ahí estaba el viejo en medio del taller silbando la canción de Gabi Ferro, tantas veces que me había dicho de todo por lo que yo escuchaba, -apaga eso vociferaba con vehemencia-,sin embargo ahí estaba, lijando una puerta y silbando.

Viejo puto pienso para mis adentros, pero parece que esa oración cobra fuerza y llega a oídos de él. Se viene el viejo como una tromba para donde estoy, quedo helado. Alza la mano, no tiendo a hacer nada, me señala el panel y dice con su voz de lija, -alcanzame la garlopa nene-, se la doy rápido, con un ademan que me salve del sopapo seguro. Ahí vuelve a su tarea silbando nuevamente la canción, en su rostro se dibuja  un gesto de picardía maleva . Viejo puto. 

sábado, 16 de julio de 2016

Nativo

La mirada en el infinito, infinito del tiempo y el espacio. Curso trascendental de historia en sus venas. Sonido que se acopla a esa mirada silenciosa, profunda, un sonido de saber, del tiempo, eco de pocas palabras que dicen mucho y se diseminan en el espacio inmediato apropiándose de él como él se apropia de ellas. Porque él y el espacio, y el tiempo, son uno solo.



jueves, 14 de julio de 2016

Sentado en un sillón en el medio de la oscura habitación, la copa de licor sobre una mesita al costado suyo, imagina sus ideas como en un tablero, las pone delante de si, se diría que las convierte en tangibles. Las ordena, repasa una a una. ¿Qué fuera de ellas si las dejara salir?